Gallinas que viven al aire libre
Pastan durante el día, duermen en el gallinero y siguen su propio ritmo según la luz y la estación. No forzamos la puesta con luz artificial ni con piensos de rendimiento.
Baba Yolk no empezó como un negocio, sino como una forma de vivir. Lo que hoy es una granja avícola familiar en el medio rural español nació de unas pocas gallinas camperas, un corral de madera y la costumbre de repartir huevos entre vecinos que preguntaban si quedaba alguno. Con el tiempo, esa costumbre se convirtió en un compromiso: vender directo, sin intermediarios, con la fecha de puesta anotada en cada lote.
Los primeros corrales
Empezamos con pocas gallinas y muchas dudas. Aprendimos a distinguir a cada una por su comportamiento: la que pone siempre en el mismo ponedero, la que se escapa al prado al menor descuido. Aquellos primeros meses fueron de observar, corregir y anotar todo en un cuaderno que todavía guardamos.
El paso a la venta directa
El cambio llegó cuando una panadería del pueblo nos pidió un pedido fijo cada semana. Ahí entendimos que el producto necesitaba trazabilidad: fecha de puesta, tamaño calibrado y notas de conservación en cada lote. Desde entonces no hemos vuelto atrás. Preferimos cestas pequeñas y bien identificadas antes que volumen sin contexto.
La rutina que sostiene todo
Cada día empieza igual: abrir el gallinero al alba, revisar los ponederos uno por uno, separar por calibres y anotar la fecha en la tapa de cada cesta. Es un trabajo repetitivo que no se puede automatizar sin perder lo que nos importa. Las gallinas camperas marcan el ritmo, y nosotros nos adaptamos a él, no al contrario.
Las estaciones mandan
Con la luz de la primavera llegan los huevos grandes y las cestas llenas. En invierno el ritmo baja, aparecen calibres más pequeños y aprovechamos para mantener el corral, revisar el pastoreo y planificar la temporada siguiente. Respetar ese ciclo es lo que hace que el producto sea honesto, aunque a veces signifique menos cantidad.
Vínculo con la comarca
Hoy repartimos en la comarca y mantenemos relación directa con quienes reciben nuestras cestas: familias que ajustan la frecuencia según lo que consumen, panaderías que necesitan calibres concretos y cocinas de barrio que valoran saber de dónde viene cada huevo. Esa cercanía es el resultado más visible de todos estos años.
No montamos esto para crecer sin freno. Lo montamos porque queríamos saber de dónde salía cada huevo que poníamos en nuestra mesa y porque el trato directo con quien cocina en la comarca nos parecía la forma más honesta de trabajar.
Pastan durante el día, duermen en el gallinero y siguen su propio ritmo según la luz y la estación. No forzamos la puesta con luz artificial ni con piensos de rendimiento.
Anotamos la fecha de puesta, calibramos el tamaño y dejamos notas de conservación. Si algo no cuadra, lo decimos antes de que el cliente lo note en la sartén.
Del corral a la cesta y de la cesta a la cocina. Las panaderías pequeñas y las cocinas de barrio de la zona conocen a quien les lleva el pedido, y eso cambia la conversación.
En primavera hay más huevos y más grandes; en invierno baja el ritmo y aparecen calibres pequeños. Ajustamos las cestas a lo que la granja da, no al revés.
Lo que esperamos que notes al abrir una cesta es sencillo: huevos con fecha reciente, cáscara firme y un sabor que no necesita explicación. Y de fondo, una forma de consumir más cerca, con menos envases y con la tranquilidad de saber quién cuida a las gallinas.
No hay una fecha de fundación con lazo y tijeras. Hay temporadas, decisiones pequeñas y un corral que fue creciendo a medida que la familia aprendía a mirarlo.
Primavera de 2016
La familia llegó a la finca con doce gallinas y un cobertizo de madera que ya estaba en el terreno. Los primeros meses fueron de observar: qué comían, dónde ponían, a qué hora bajaban al prado. Los nombres salieron solos, casi todos por manías de comportamiento más que por plumaje.
Otoño de 2018
Empezamos a anotar la fecha de puesta en cada lote porque sobraba producción y no queríamos que se quedara en casa. Las primeras cestas salieron a pie, hasta tres casas del pueblo. Ahí aprendimos a calibrar tamaños y a explicar por qué un huevo de invierno no pesa lo mismo que uno de abril.
Verano de 2020
Cerramos el gallinero viejo y abrimos un espacio más largo con sombra de encinas. Las gallinas empezaron a pastar más horas y la yema cambió de tono. Fue también el año en que una panadería del valle nos pidió un pedido fijo semanal para sus magdalenas.
Invierno de 2022
Con menos horas de luz, la puesta bajó y aprendimos a convivir con huevos más pequeños. En lugar de forzar el ritmo, ajustamos las cestas de temporada y avisamos a las cocinas de barrio para que adaptaran sus recetas. Esa temporada nos enseñó más sobre avicultura familiar que cualquier manual.
Actualidad
Hoy el reparto llega a familias, panaderías pequeñas y cocinas de barrio de la zona, con recogida en la finca como alternativa. Cada lote sigue llevando su fecha de puesta y sus notas de conservación. Lo demás lo decide quien cocina: la frecuencia se ajusta a lo que se consume en casa.